El fallecido Gerard Jean-Juste, sacerdote haitiano quien murió en 2009, dijo: "Dios es el primero y último recurso. Sentimos la presencia de Dios más y más, porque algunos días no hay nadie otro quien nos pueda sostener y permitir a sobrevivir. Entonces vivimos por milagros y, al vivir así, necesitamos fe. Nuestra fe nos sostiene".
Esa cita de Jean-Juste aparece en una memoria de Margaret Trost, una viuda joven que estableció una fundación caritativa que, antes del terremoto reciente, proporcionaba cada semana 7,500 comidas a niños y ayudaba a centenares asistir a la escuela en Port-au-Prince, la capital.
El título de su libro es "Ese Día, Todos Comieron". Un día en cual todos comen ciertamente se puede considerar un milagro, no sólo en Haití sino hasta en el país más rico del mundo. En la crisis actual, muchos americanos no pueden dar por dado su próxima comida.
Aún, mientras escribo esto, políticos bien alimentados en el Senado retrasan renovación de los beneficios de desempleo paro decenas de miles, demandando saber de dónde van a venir los fondos necesarios.
Nadie puede dar respuesta precisa a ese interrogante. Los tiempos requieren fe, lo que este país más necesita ahora. Eso implica admitir que nunca estamos completamente en control de nuestro destino, sea como individuos o como sociedad.
Según la reseña de su libro en el National Catholic Reporter, Trost aprendió a vivir la fe a cual Jean-Juste se refiere, "la creencia que los milagros son rutinarios y abundantes". Ciertamente, cuando reflexionamos sobre la vida realizamos que hemos visto milagros, que el Diccionario de La Biblia de Baker define como eventos en el mundo exterior "producidos por la agencia inmediata y volición de Dios".
Dos ejemplos:
En 1977, contracté un absceso de amebas en el hígado que al reventarse hacia el pecho casi me quitó la vida. Cuando recuperé, mi médico, Kevin M. Cahill, me dijo que había hecho historia médica. Sólo una o dos otras personas habían sobrevivido la enfermedad que yo tenía.
Yo crecí en una comunidad remota llamada Terromote en la cordillera de Sangre de Cristo en Nuevo México. El suelo se considera desierto alto, con lluvia inconstante y sequías devastadoras.
Acabo de publicar la historia de las familias que vivían allí. No es sorpresa que el elemento más llamativo de su carácter era su fuerte fe. Las familias se reunían cada noche para rezar el rosario. Cuando no llovía, desfilaban por el campo portando la estatua de San Ysidro, patrón de los campesinos, y orando y cantando himnos.
También hacían peregrinajes a sus favoritos santuarios. No tenían otro recurso que clamar a Dios y el nunca falló.
No hemos llegado a esa etapa en la crisis actual. Hoy día, furia domina el discurso público. Las instituciones en cual confiábamos -- el Congreso, "el mercado", leyes y agencias concebidas para protegernos -- nos han fallado.
Nuestros líderes pensaban que habían aprendido tan bien las lecciones de la Gran Depresión que una crisis similar no podría recurrir. Pero sí recurrió.
La ciencia, estadísticas, computadoras y otros avances técnicos nos dieron la ilusión que sabíamos todo lo que necesitamos. No era verdad.
La gran preocupación hoy es castigar a los culpables, rechazar a los funcionarios.
Pero como se daban cuenta los campesinos de mi tierra natal, eso simplemente evita admitir que, al fin y al cabo, control de nuestro destino es a lo mejor débil y a lo peor una cruel ilusión.
¡Qué Dios nos ayude!
Sandoval es un columnista de Catholic News Service.