El Mensajero (Español)

Posted: May 17, 2016

Sigamos construyendo puentes, no paredes

Marcelino Ramos, un jardinero, cruzó la frontera entre México y los Estados Unidos en el baúl de un carro, inmigrando a Los Angeles en 1967. A su lado en el baúl venia su esposa, María; su hijo mayor Humberto y su hija mayor Rosa. Los Ramos y sus diez hijos forman el paradigma de los inmigrantes que siempre han venido los EEUU y continuamente han renovado la iglesia Católica y han fortalecido este país.

Cuando conocí al hijo mayor Humberto, él era director asistente del ministerio hispano de la Arquidiócesis de Los Angeles. Su hermano Sergio se había ordenado sacerdote. Héctor era médico, su hermana Rosa, oficial penal de la ciudad, Ricardo, arquitecto, Ramiro, un oficial penal del estado, Jaime, economista con doctorado, Estella, psicóloga, Gloria, maestra con maestría de Harvard, y Lorena, todavía alumna universitaria.

Hugo Ortega, también llego en el baúl de un carro, pero a Houston a la edad de 17 años en 1984. Perfilado en 2013 con otros inmigrantes en la revista Smithsonian, Ortega por varios años giraba entre familiares y a veces dormía en la calle, hasta que unos salvadoreños se compadecieron de él y le ayudaron a conseguir trabajo lavando platos en el restaurante Backstreet Cafe, propiedad de una joven llamada Tracy Vaught. Eventualmente, Vaught y Ortega se casaron. Durante la amnistía firmada en 1986 y declarada por el entonces Presidente Reagan, Ortega consiguió su "green card" y estudió para ser cocinero. Hoy Ortega y Vaught, y su hija de 19 años, son dueños de tres restaurantes prestigiosos en Houston.

Osiris Hoil, hijo de campesinos pobres en la aldea de Tekax, Yucatán, llegó a Denver, Colorado, con visa de turista, a la edad de 18 años hace 15 años. Vino a visitar a un hermano mayor quien trabajaba en un restaurante. Hoil encontró empleo en el mismo lugar, aprendió el inglés conversando con los clientes, y cuatro años después se casó con una camarera llamada Jennifer, del estado de Virginia, donde se mudaron para estar cerca de la familia de la esposa.

Hoil trabajó en construcción hasta que el desplomo económico de 2008 lo dejo sin trabajo. Por ocho meses buscó cualquier empleo, desesperado para mantener a su esposa, ya embarazada. Un día, Marc Wallace, un amigo vecino quien había establecido una compañía de software, le peguntó: "¿Qué es lo que más quisieras hacer"? Hoil contestó que quisiera ser el dueño de un restaurante cocinando las recetas de su Mamá.

Viendo a Hoil como persona de confianza, buen trabajador con integridad, carisma y pasión, Wallace y sus mejores amigos se pusieron de acuerdo para ayudarle a modificar, a un costo de $25,000, una carreta de perros calientes para vender tacos. También le ayudaron a incorporar el negocio, establecer una página web y un logo. En una entrevista con el periódico The Washington Post, Wallace dijo:

"Nuestra experiencia lanzando empresas nos permitió actuar rápidamente y Osiris pudo crear recetas increíbles para empezar. Nos dimos cuenta inmediatamente que teníamos algo especial".

Hoy, siete restaurantes han reemplazado la carreta, dos más abrirán pronto. Y Hoil, codueño de una empresa con 300 empleados, pregunta: "¿Quién hubiera pensado"?

Hay innumerables éxitos como estos, pero el discurso político actual se dedica a deportar los indocumentados y a construir un muro de 2,000 millas a través de la frontera con México. Estos medios se ven como modo para recuperar la grandeza de América.

No, el éxito de estos inmigrantes y la historia de todos aquellos quienes han construido puentes de compasión y amistad hacia ellos son lo que constituye la grandeza de América. Así ha sido siempre. Y si América va a mantener su grandeza tiene que continuar siendo abierta y cordial hacia "el otro".

Sandoval es un columnista de Catholic News Service.

 

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