El Mensajero (Español)

Posted: June 8, 2015

CNS foto por César Riojas/The Valley Catholic

La hermana Leticia Benavides de las Misioneras de Jesús, saluda a una niña que se muestra muy contenta, el mes de julio del 2014, en un oasis de alivio, centro de la iglesia del Sagrado Corazón en McAllen, Texas. La niña se acaba de bañar, se ha puesto ropa limpia, después de un largo viaje desde Centroamérica a Texas.

El compromiso humanitario de la iglesia con inmigrantes que cruzan la frontera

Por Rose Ybarra
Catholic News Service

MCALLEN, Texas (CNS) -- "Mi familia y yo estábamos en el lado contrario del muro político", dijo Rita.

"Habíamos recibido amenazas de muerte, habíamos sido detenidos por la policía sin haber ninguna razón”, dijo una mujer de Honduras, cuyo nombre se calla por razones de seguridad. “Si no hubiéramos abandonado el país no sé si habríamos sobrevivido".
 
Rita es una persona de una cifra de más de 18,000 inmigrantes que han pasado por el oasis de alivio que es el centro de la parroquia del Sagrado Corazón en McAllen, desde que se inauguró la primavera pasada.
 
Los inmigrantes, en su mayoría provenientes de Honduras, Guatemala y El Salvador, son llevados por agentes de Inmigración y Aduanas de los EE.UU. a la estación de autobuses de McAllen, que está localizada a unas cuadras de distancia, después de que han sido detenidos y fichados. Se les ha dado una cita para que se presenten en corte y se les ha permitido que viajen hacia su destino final.
 
Antes de que abrieran este centro, muchas personas dormían en el suelo de la estación de autobuses y no tenían ni comida ni agua. No se habían podido bañar en muchos días y, a veces, semanas.
 
Durante el año pasado, el número de personas que ha pasado por el centro ha fluctuado, pero la necesidad de su existencia es todavía visible.
 
"No ha pasado ningún día en que alguien deje de llegar”, dijo el director del centro, Eli Fernández. “La necesidad es palpable".
 
"Hemos guardado nuestra promesa", dijo la hermana Leticia Benavides que pertenece a la congregación de las Misioneras de Jesús, y quien es consejera y ayudante de administración de Catholic Charities del Valle del Río Grande. "Desde el mero principio dijimos que mientras existiera la necesidad acá estaríamos. Y es también lo que Jesús nos llama a realizar en las obras de misericordia, Mateo, 25".
 
Recientemente el número de arribo ha tendido a aumentar, dijo Fernández.
 
"En los dos últimos días hemos tenido cerca de 200 personas de arribo", le dijo al Rio Grande Catholic, periódico de la diócesis de Brownsville. "Hemos estado muy ocupados".
 
El personal del centro y otras personas voluntarias generalmente reciben aviso del departamento de Immigration and Customs Enforcement, o ICE, de que un grupo de personas se dirige a la estación de autobuses.
 
"Hemos aprendido a esperar lo inesperado y a estar preparados para lo que venga", dijo Fernández.
 
En el centro de McAllen y en otro que estuvo funcionando hace algunos meses en la catedral de la Inmaculada Concepción en Brownsville, se ha repartido comida, ropa, agua y lugar de descanso.
 
En las primeras semanas, cientos de personas pasaban por estos centros.
 
"Recuerdo el día en el que la hermana Norma (Pimentel de las Misioneras de Jesús, directora ejecutiva de Caridades Católicas del Valle del Río Grande) le llamó por teléfono al padre Tom (Luczak, pastor de la parroquia del Sagrado Corazón) y le preguntó: '¿Puedo utilizar la sala de recepciones de su parroquia por un par de días?'", recalca la hermana Leticia. "Nunca nos imaginamos que aquí estaríamos todavía un año después".
 
A la hermana Pimentel le han pedido que hable en el recinto de las Naciones Unidas de Nueva York, en marzo y fue invitada a participar en la Asamblea General de Caritas Internationalis de Roma en el mes de mayo.
 
Inmigrantes como Rita "le estarán por siempre agradecidos" al centro y a las personas voluntarias que los atendieron.
 
Rita y su hijo de dos años de edad, después de unos 20 días de viaje, incluyendo otros días en el centro de detenciones de ICE, llegaron al centro el 6 de agosto. Estuvieron algunas horas mientras esperaban el autobús que los llevaría a New Jersey.
 
"Dejé a mis padres y al resto de mi familia", dijo Rita. "Llegué a este país con nada más que mi ropa puesta y mi hijo”.
 
"El tiempo que pasé en el centro fue una experiencia maravillosa. Comimos, nos bañamos en una sabrosa agua caliente y nos dieron ropa limpia para cambiarnos. Nos dieron un recibimiento como en familia", continuó. "Fue esa la primera vez, desde que había dejado Honduras, que me sentí con esperanza y eso fue por el amor y cuidado que recibimos en la iglesia. ... Los meses han pasado, pero no he olvidado la amabilidad y compasión que ustedes nos demostraron a mí y a mi hijo. Nunca lo olvidaré".
 
Rita y su hijo permanecen en New Jersey esperando audiencia de inmigración para ver si son elegibles a quedarse en los Estados Unidos.


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