Dios actúa en mí y en ti

Este mes celebraremos tres fiestas importantes: Pentecostés, Santísima Trinidad y el Cuerpo y la Sangre de Cristo. También durante este tiempo tendremos la ordenación de sacerdotes y diáconos. Como Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo estaba presente en la creación del mundo haciendo todo para el bien de los seres humanos y el resto de la creación, también Dios está presente en mi mundo y en el mundo de cada uno de ustedes. Dios desea lo mejor para cada uno de nosotros y por eso derrama sobre nosotros lo que necesitamos para no solamente sobrevivir individualmente sino para que la comunidad prospere.

Los discípulos de Jesucristo recibieron el Espíritu Santo cuando se sentían débiles y desanimados después de la muerte de Jesús, y con la fuerza del Espíritu Santo pudieron realizar su llamada de dar a conocer lo que Jesús había compartido con ellos por palabra y acción. Ah, el saludo de paz y el soplo de Jesús les entregaron el Espíritu Santo, así entregándoles el poder de perdón — el poder de perdonar a los que habían matado a su líder. Por el Espíritu Santo nosotros también recibimos el poder de perdonar, pero tantas veces no aprovechamos ese don. ¡Qué alegría al ejercerlo! Pero piensen en algunos otros dones que hemos recibido del Espíritu: paz: sentirnos tranquilos y en buena relación con nosotros mismos, otros y Dios; alegría: un estado de ánimo mostrado por gesto y palabra y producido por un acontecimiento favorable — el conocimiento que Dios ya está con nosotros, nos ama y que somos importantes. Piénsenlo: ¡somos importantes a Dios! Otros dones son conocimiento y entendimiento: al recibir el Espíritu, los discípulos entendieron cómo empezar su misión. Dejaron su cuarto cómodo y sin miedo salieron públicamente para compartir la enseñanza de Jesús con desconocidos. ¿Y nosotros? ¿Compartimos el mensaje de Jesucristo? También Jesús, por su propia vida, les mostró a los discípulos cómo servir por tener compasión por la viuda al devolver vida a su hijo, por dar de comer a la multitud los panes y pescados, por dar de comer espiritualmente a sus discípulos y a nosotros su cuerpo y sangre y por perdonar sus pecados a la mujer de mala reputación, diciendo: "Tu fe te ha salvado." ¿Nuestra fe es tan fuerte para poder expresar tan humildemente nuestro amor a Jesucristo como esa mujer? Nuestras acciones deben decir que no nos importa lo que otros dicen de nosotros; lo importante es lo que Jesucristo ve en nosotros.

¿Qué hacemos nosotros? ¿Damos vida y comida a otros por hablar a otros, por escucharles, por visitarlos, por compartir con los necesitados, por animar a los deprimidos, por mostrar compasión a los que han tenido una pérdida en sus vidas? Cuando Jesús se reunió con los discípulos en la Última Cena y les instruyó, "Hagan esto en memoria mía", él también estaba hablándonos a nosotros pidiéndonos a ser eucaristía para otros por dar de nosotros mismos a ellos en acción, tiempo y palabra. ¿Comparten sus vidas con otros para que otros tengan más vida? Estamos llamados a servir. Los sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos estamos llamados a servir más directamente en la Iglesia, pero todos los niños, jóvenes y adultos, los solteros y matrimonios también reciben una llamada a entregarse a otros.

Cada uno de nosotros ha sido llamado por Dios para realizar una misión en la vida. Pablo en la carta a los Gálatas escribió que Dios por su gracia lo había elegido desde el seno de su madre y Dios lo llamó para que Pablo lo conociera para poder anunciar a Jesucristo entre los paganos. ¡Ah! Eso es comenzar desde la nada. Bueno, no llamamos a otros paganos, pero tantas personas realmente no conocen a Jesucristo aunque han sido bautizados. Podemos compartir nuestro conocimiento de Jesucristo y del Espíritu Santo por nuestra manera de vivir y por cómo nos relacionamos y hablamos con otros. Pablo escribió que "ya no soy yo el que vive; es Cristo quien vive en mí". Esa es nuestra llamada.

Hermana Schwenzer, RSM, ministra pastoral a los hispanos en los condados de Wayne, Ontario, Yates y Seneca.

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