Gocé cómo la columna abrió avenidas de comunicaciones

NOTA DE LA REDACCIÓN: El Obispo Emérito Matthew H. Clark entregó esta columna la mañana en que se hizo oficial su retiro.

Ya he usado el equivalente en papel de tres árboles tratando de encontrar una manera adecuada de decirles que esta será mi última columna de En el Camino. ¡Ya!, lo dije y fue tan difícil como pensé que iba a ser.

Para decir la verdad, voy a extrañar mucho escribir esta columna. A través de los años ha formado parte del ritmo de mis semanas; y ha sido un punto de referencia, un punto focal que me ha ayudado a estar consciente de la presencia amante de Dios en los aspectos ordinarios y diarios de nuestras vidas.

He amado esta columna porque ustedes eran su foco principal, lo que ustedes hacen y como y por qué lo hacen, y su impacto en los demás. El tener una columna que escribir me ayudó a estar más atento a lo que ustedes estaban haciendo, lo que significaba para ustedes y para otros. Ha sido un bello y diario recuerdo de que Dios está muy vivo en ustedes y en mí y que depende de nosotros para que comuniquemos el amor que Dios les tiene a los demás.

Si mal no recuerdo, empecé "En el Camino", durante la Cuaresma a principios de la década del 80. Nuestro tema diocesano ese año fue algo así como "En la Encrucijada". Viajé a varios lugares de la diócesis para hacer la oración de la noche y compartir la fe. Escribí sobre ese programa, indicando que en el futuro haría una columna de vez en cuando para el entonces Courier-Journal.

Ahora, unas 1,300 o 1,400 columnas más tarde llegamos al final de esta fase del camino. Las experiencias de escribir han sido magníficas porque han abierto avenidas de comunicación y oportunidades de conversar que yo quizás nunca hubiera tenido sin ellas.

La gente parecía identificarse con los temas sencillos sobre los que escribí: Un viaje al mall con un chofer diferente, un juego de pelota, preparar spaghetti carbonara, el reto de rezar en un retiro o de acampar con miles de adolescentes.

Todas estas experiencias me han enseñado muchas cosas, entre ellas: 1) que cuando estamos listos para compartir simple y honestamente lo que nos conmueve o nos deleita, la gente lo recibe como una invitación a hacer lo mismo. Se hacen conexiones. Pasan cosas buenas; 2) a la gente le gusta que le hagan preguntas que no consideran en medio de su vida agitada, pero que cuando las consideran les abren nuevas posibilidades; y 3) la gente responde positivamente cuando se les recuerda que están llamados a la santidad. Lo reciben como una consolación y un reto, y los energiza.

He dicho a menudo que mi espiritualidad me llama constantemente a tomar conciencia, para usar una imagen bíblica muy conocida, de que Dios nos moldea y nos da forma a través de las manos amantes de aquellos con quienes compartimos nuestra vida. Solo me queda dar gracias a Dios por las maneras en que me ha tocado por intermedio de ustedes y de la gente de esta diócesis maravillosa en los últimos 33 años. Ha sido y continuará siendo, estoy seguro, una jornada memorable.

Aunque esta es mi última columna, espero verlos en el camino muy a menudo en los años venideros. Por el pasado y el futuro, les expreso mi más profunda gratitud y les prometo que rezaré siempre por ustedes.

Paz para todos.

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