La Misericordia de Dios no tiene límites

La cuaresma es un tiempo donde todos los cristianos nos preparamos para celebrar la mayor de las fiestas de la Iglesia: la Pascua. Con este tiempo cada uno de nosotros nos vamos adentrando poco a poco, a través del ayuno, la penitencia, y la caridad, a vivir con fe y entusiasmo la redención de Nuestro Señor Jesucristo. Y eso es precisamente lo que las lecturas dominicales en este tiempo nos van mostrando. El evangelio de San Lucas (Lc. 9,28b-36), por ejemplo, nos narra como Jesús les muestra a sus discípulos (no únicamente a Pedro, Santiago y Juan sino también a nosotros hoy en día) un anticipo de su gloria y majestad que serán vividas después de su triunfante resurrección. Pedro, en el mismo Evangelio, tomó la palabra y le dijo al Señor que sería bueno quedarse allí con Él. Cada vez que nos acercamos a la Eucaristía estamos siendo testigos de la muerte y resurrección del Señor. Somos testigos de esa gloria que nos llena de una paz y que nos debe motivar a decir: Señor, qué bueno es estar aquí. ¿Cuántas veces le hemos dicho esto al Señor? Ésta es la primera interrogante que nos trae el tiempo cuaresmal. ¿Nos hemos sentido a gusto celebrando la Eucaristía? O, ¿simplemente venimos porque es domingo y hay que ir? Revisemos un poco cómo estamos celebrando este hermoso encuentro con Cristo.

San Lucas en unos capítulos posteriores (Lc. 13,1-9) nos habla de los frutos que estamos dando. Definitivamente el Señor no quiere que nosotros pequemos más y en vez de castigarnos nos brinda todo su amor. Este año la Iglesia está celebrando el "Jubileo de la Misericordia". Precisamente el Santo Padre nos está recordando que Dios es muy misericordioso y que está dispuesto siempre a perdonarnos tal y como nos lo narra el evangelio en la parábola del Padre Misericordioso o más conocida como la parábola del hijo pródigo. Dios quiere que realmente nosotros volvamos nuestra mirada hacia Él. Él quiere que no volvamos a pecar sino que cambiemos nuestra conducta y vivamos (Cf. Ez. 18, 23). Dios siempre está dispuesto a recibirnos con los brazos abiertos porque Él nos ama siempre sin importar nuestra condición o lo que hayamos hecho. Él no nos ama por lo que somos sino a pesar de lo que somos. Entonces, ¿estás dispuesto a pedir su perdón en el sacramento de la reconciliación? Recordemos que el sacerdote actúa in persona Christi, es decir, que todo lo que haga el sacerdote no es en su nombre sino que es Jesucristo mismo quien actúa a través de él. ¿Qué estamos esperando para ir a su encuentro a pedirle perdón por aquellas cosas que hemos hecho y que le han ofendido? Y una vez hayamos ido a la confesión, debemos recordar las palabras que el Señor le dijo a la mujer adúltera: "Vete y ya no vuelvas a pecar" (Jn. 8,11). El tiempo de cuaresma nos debe llevar precisamente a tener ese encuentro cercano, vivo y personal con el Señor quien está siempre dispuesto a perdonarnos sin importar lo que hayamos hecho porque Él es la imagen viva del Padre Misericordioso. Que en este tiempo de cuaresma nos acerquemos cada vez más a Dios para que así salgamos al mundo a dar un verdadero testimonio del Señor Resucitado que nos redime a todos de nuestros pecados.

Diácono Ramirez Velasquez es un seminarista de la Diócesis de Rochester.

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