Penitencia es el don de Dios para nosotros

Cuaresma 2014

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo:

En las páginas de la Sagrada Escritura encontramos muchas palabras consoladoras de nuestro Señor Jesucristo. En sus debilidades humanas, los que sufrieron enfermedades físicas y espirituales fueron donde Jesús para ser curados. Los Sagrados Evangelios despliegan la compasión y la empatía de Jesús para aquellos que buscaban curación, perdón, redención y reconciliación. Jesús hizo que los ciegos vieran, los paralíticos caminaran, los sordos oyeran. Él hizo que los leprosos se limpiaran y Él mismo llegó a ser una muralla de piedras para proteger a la mujer atrapada en adulterio de aquellos que la iban a apedrear. En contraste con su amarga ira y venganza, Jesús levantó la mano en bendición y perdón para ella. Cuando los escribas y fariseos se habían ido, Jesús preguntó a la mujer: "¿Ninguno te ha condenado?" "Ninguno, señor", contestó ella. Jesús dijo: "Tampoco yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar" (Juan 8:10-11).

La compasión de Jesús se enfatiza en el capítulo 15 del Evangelio de San Lucas que algunas veces se llama el Evangelio de la Misericordia. Hay gran alegría cuando se encuentra la oveja perdida y se recupera la moneda perdida, ambos refiriendo a la persona humana personificada en la parábola del Hijo Pródigo que, a solas y abandonado, después de desperdiciar su herencia, vuelve a la casa de su padre. Su padre le recibe con los brazos abiertos y el hijo finalmente descansa en paz.

La buena voluntad de Jesús para perdonarnos llega a un momento culminante en dos instancias desde la cruz de Cristo. Cuando Jesús cuelga de la cruz, Él mira a los que le condenaron y suplica entonces a su Padre celestial: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lucas 23:34). Entonces quizás sigue la manifestación más hermosa del perdón de Jesús: uno de los criminales, que está colgado al lado de Jesús, dice estas palabras: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino". Entonces Jesús le da esta notable respuesta: "Realmente te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso" (Lucas 23:41-43).

Este encuentro entre Jesús y este pecador arrepentido revela esperanza en la situación más desesperada. En este cerro de la crucifixión, a un criminal se da la esperanza de vida eterna. Una vida sin esperanza en los ojos del mundo llega a ser una vida preciada, digna de eternidad. Un criminal reconoce a Jesús como el Hijo de Dios, alguien capaz de darle lo que el mundo no pudo darle: perdón, redención, vida eterna. En el Calvario, en la hora de la condenación, un criminal, más tarde declarado un santo por la tradición llamado Dimas, hizo una profesión de fe profunda: él reconoció a Jesús como su Salvador, reconoció el poder de Jesús para perdonar pecados y vio en Jesucristo la promesa de inmortalidad. Seguramente el ejemplo de Dimas no es una licencia para vivir licenciosamente e irresponsablemente en vista de una conversión en el lecho de muerte. Realmente el ejemplo de Dimas ilustra el poder de Jesús para entrar en nuestras vidas en cualquier momento, en cualquier lugar, en cualquier circunstancia. Jesús nunca nos abandona. Más bien, en nuestra flaqueza humana somos nosotros que nos apartamos del Señor.

Sabiendo pues la compasión de Jesús cuan triste es que el sacramento de la reconciliación se usa con tan poca frecuencia en nuestra sociedad actual. Por la recepción de este sacramento nos reconciliamos con Dios y con aquellos que fueron heridos por nuestros pecados. Como seres relacionados, cualquier cosa que hacemos afecta a otros de alguna forma. Ninguno de nosotros vive en aislamiento completo de los demás. Y en nuestras interacciones humanas podemos herir a nosotros y a otros. El Catecismo de la Iglesia Católica nos instruye: "El pecado es, ante todo, una ofensa a Dios, ruptura de la comunión con él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia, que se expresa y realiza litúrgicamente en el sacramento de la Penitencia y la Reconciliación" (Núm. 1440).

Al comenzar este tiempo sagrado y penitencial de la Cuaresma en el Miércoles de Ceniza, el 5 de marzo, debemos estar conscientes de que es un tiempo privilegiado para renovación, conversión, arrepentimiento y reconciliación. El sacramento de la reconciliación, la confesión, es el don de Dios a nosotros para perdonar los pecados, sanar una relación rota y restablecer nuestra unidad con el Señor y con nuestros hermanos y hermanas en la comunidad de fe, nuestra familia en la Iglesia. La Cuaresma es el tiempo ideal para acercarnos a este sacramento, especialmente si no nos hemos aprovechado de esta oportunidad por muchos años. Hemos de ver en este sacramento al Buen Pastor que nos llama a casa.

Debido al poder extraordinario del sacramento de la reconciliación deseo hacer la recepción de este sacramento un punto importante de nuestra observancia diocesana de la Cuaresma. Pido a nuestros párrocos que provean amplias oportunidades durante la Cuaresma para escuchar confesiones individuales y hacer los arreglos para servicios penitenciales locales con suficientes confesores disponibles para confesiones individuales.

Específicamente, el 25 de marzo, 2014, la solemnidad de la Anunciación del Señor en la tercera semana de la Cuaresma, se celebrará un Día de Penitencia en toda la diócesis con el sacramento de la reconciliación, la confesión, disponible en todas nuestras parroquias desde las 12:30 pm hasta las 7:30 pm. El Beato Juan Pablo II, de amada memoria, nos recordó poner este sacramento del amor de Dios disponible para nuestra gente mediante la "reconciliación de penitentes individuales…la única manera normal y ordinaria de celebrar el sacramento y no puede ni debe ser permitido caer en desuso o ser abandonado" (Juan Pablo II, Reconciliatio et Paenitentia, 2 de diciembre, 1984, núm. 32). En la recepción de este sacramento se nos da ánimo y esperanza de un nuevo comienzo. Este privilegio, esta oportunidad, este don de Dios mismo no puede ser ignorado. Un día, nosotros también esperamos oír aquellas palabras: "Hoy estarás conmigo en el paraíso".

Al tiempo que subrayo la importancia del sacramento de la Reconciliación, deseo también llamar la atención a otras prácticas cuaresmales esenciales y verdaderamente beneficiosas.

Por años, la manera más efectiva de cimentar nuestra unión con el Señor ha sido y sigue siendo la participación en el Sacrificio Sagrado de la Misa. Les animo a asistir a la misa diariamente, cuando sea posible, durante el tiempo de la Cuaresma. No podemos experimentar una unión más estrecha con nuestro Señor que por la recepción de su cuerpo, sangre, alma y divinidad en el sacramento de la más Sagrada Eucaristía. Este encuentro eucarístico es el fundamento para todas nuestras otras relaciones.

Este tiempo penitencial es también la ocasión para renovar nuestra vida devocional rezando el Rosario de Nuestra Bendita Madre. Al recitar el Dios te salve María, cada cuenta nos ayuda a meditar en la vida misma de Cristo que nos trajo la salvación. Siguiendo su papel venerado, María nos lleva a su Hijo.

Las Estaciones de la Cruz son también una meditación muy poderosa sobre los sufrimientos de Cristo que allanaron el camino para nuestra redención. Cuando seguimos esa ruta al Calvario, no podemos hacer otra cosa sino apreciar el amor tremendo de Jesús por nosotros, un amor tan grande que ninguna cantidad de sufrimiento lo haría vacilar.

"Contemplando ‘al que ellos traspasaron’ nos mueve de esta manera a abrir nuestros corazones a otros, reconociendo las heridas infligidas a la dignidad de la persona humana; nos mueve particularmente a luchar contra cualquier forma de desprecio de la vida y la explotación humana y a aliviar las tragedias de soledad y abandono de tantas personas" (Papa Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma, 2007).

Con estas palabras, nuestro Santo Padre emérito nos recuerda que debemos estar conscientes de cuidar nuestros hermanos y hermanas necesitados. Durante la Cuaresma hay la colecta anual para los Catholic Relief Services (Servicios de Socorro a Católicos), que ayuda a tantos en situaciones desesperadas. Por este esfuerzo experimentamos la universalidad de la Iglesia que extiende su corazón y brazos a aquellos que son mucho menos afortunados que nosotros mismos. Muchas parroquias y escuelas usan el "Rice Bowl" (Tazón de Arroz) como un vehículo para fomentar el apoyo para esta colecta. También sé que nuestras parroquias tienen varios ministerios para los pobres. Este es un tiempo maravilloso de llegar a ser una parte de estos programas de alcance. "Cada vez cuando, por amor a Dios, compartimos nuestros bienes con nuestro vecino, descubrimos que la plenitud de vida viene del amor … y todo se devuelve a nosotros como una bendición en la forma de paz, satisfacción interna y alegría… Acercándonos a otros a través de las limosnas, nos acercamos a Dios; esto puede llegar a ser un instrumento para una conversión auténtica y reconciliación con Él y nuestros hermanos" (Papa Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma, 2008).

Nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, nos pide regularmente que nos preocupemos por los que tienen poco o nada de los recursos y beneficios de este mundo y nos reta para que les ayudemos. En su Mensaje de Cuaresma su Santidad escribe: "Imitando a nuestro Maestro, nosotros, los cristianos, estamos llamados a enfrentarnos a la pobreza de nuestros hermanos y hermanas, tocarla, apoderarla y tomar pasos prácticos para aliviarla" (Papa Francisco, Mensaje de Cuaresma, 2014).

Cayendo en cuenta del hambre y la pobreza tan presente en nuestro mundo, el ayuno, la penitencia y la limosna son las prácticas consagradas que no sólo desarrollan un espíritu disciplinado, sino también ayudan a que nos concentremos en las realidades esenciales de la vida y en eliminar el desorden que interfiere con nuestra relación con Dios. Mientras menos indulgentes seamos, más conscientes estaremos de los sufrimientos de los demás. Reconociendo el inmenso amor de Dios por nosotros manifestado en Cristo, estamos forzados a ´dar de nuevo´ a nuestro vecino, especialmente aquel que sufre más y tiene necesidad" (Papa Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma, 2007).

¿Pero cómo podemos amar al Dios que no conocemos? Este tiempo sagrado es el tiempo ideal para profundizar nuestro entendimiento de la fe católica por el estudio. Leyendo la Sagrada Escritura, estudiando el Catecismo de la Iglesia Católica, asistiendo a cursos de educación para adultos y estudios de la Biblia son todas maneras para enriquecer nuestro conocimiento de lo que significa ser católico.

Pero, como siempre, mi mensaje para ustedes no estaría completo si dejara de pedirles que se unan a mí para invitar a nuestros hermanos y hermanas que se han apartado de la Iglesia para que por favor vuelvan a casa para descubrir de nuevo el amor de Dios y renovar sus relaciones con Él.

Me uno con ustedes en oración pidiendo que este tiempo sagrado de la Cuaresma sea un tiempo de gracia y renovación. Que el Señor toque sus mentes y corazones para que busquemos su ayuda en todo lo que hacemos y hagamos de Él el centro de nuestras vidas, nuestros hogares y nuestras comunidades. ¡Unámonos en la mañana de Pascua con María, nuestra Madre, y aquellos primeros discípulos que proclamaron la Resurrección del Señor y alegrémonos en este triunfo sobre la muerte, que nos otorgó el don de vida eterna!

Pidiendo la bendición de Dios sobre ustedes e invocando la intercesión de nuestro patrono, San Juan Fisher, que derramó su sangre por la fe católica, quedo,

Devotamente suyo en Cristo,

+ Reverendísimo Salvatore R. Matano

Obispo de Rochester

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