Carta a los Editores

A los editores:

No creo que hay palabras en el idioma inglés que puedan expresar lo abochornado que me sentí en la noche del viernes 15 de abril, del 2010, enfrente de mi lugar de trabajo. Esposado y sentado en el suelo como uno amarraría a un puerco o a un animal salvaje, mi alma buscaba respuestas. El tiempo se estaba poniendo frió, y mientras yo estaba sentado en el suelo con las manos atadas a mis espaldas, el frió se estaba apoderando de mí, corporal y espiritualmente. Me sentía sin fe, pero con esperanza – con la esperanza de que la justicia triunfaría y de que la injusticia fracasaría y que se ajustarían las cuentas.

Yo trabajo para Caridades Católicas del Condado de Wayne, operando un programa de alcance llamado La Casa en el pueblo de Sodus. Ese viernes por la noche, recibí una llamada acerca de una mujer que tenía un problema y estaba buscándome en la oficina. Justo cuando llegué, la mujer corrió hacia mí desde el portal, y noté las luces intermitentes de una auto de la policía de Sodus. Me acerqué a la mujer y al policía. Él me dijo que le dijera a la mujer que estaba detenida.

Mis oídos estaban trabajando con dos idiomas, tratando a la vez de darme cuenta de lo que estaba pasando, y de calmar la situación para ambos. Luego, caminé con ella hasta el auto de la patrulla y volví a mi propio auto, cuando otro oficial me hizo señas de que me le acercara.

El oficial que me hizo señas de que me le acercara era un agente de la Patrulla Fronteriza, y me preguntó dónde yo había nacido (en México) y qué ciudadanía tenía (Soy un ciudadano naturalizado de los Estados Unidos). Yo le pregunté porqué me estaba haciendo estas preguntas cada vez más intrusivas. Él entonces me pidió mi identificación, pero no me quiso contestar por qué me estaba haciendo esas preguntas.

Una agente femenina de la Patrulla Fronteriza llegó y también me pidió mi identificación. Ella fue más agresiva, diciendo que yo sería arrestado si no producía mi identificación. Yo seguí diciendo que yo tenía identificación pero que quería saber por qué me estaban haciendo preguntas. Ella sacó unas esposas frías, y entonces, ella y el primer agente me esposaron con las manos a mis espaldas.

El primer agente me metió las manos en los bolsillos y sacó todo lo que tenía en ellos. Me palpó con sus manos – incluso los genitales – para ver si yo tenía algo más. Yo estaba tan avergonzado, y para entonces varios miembros de la comunidad se habían acercado y presenciaron mi bochorno. Charlie, un amigo de hace mucho tiempo y vecino mío, respondió por mí, pero nada podía deshacer lo que había ocurrido.

Esa noche fría, me quedé sentado con las esposas durante unos 30 minutos. Humillado por los poderes fuera de control. No podía encontrarle una justificación a lo que había ocurrido. Pensé: ¿Cuánto más tengo que hacer? ¿Cuántas veces tengo que prestarle juramento a esta nación? ¿Cuántas veces más me señalarán porque soy moreno?"

Llegó un supervisor de la Patrulla Fronteriza, y siguió haciendo preguntas. Respondí a sus preguntas. Él habló con los dos agentes que me habían esposado, y entonces el supervisor de la Patrulla Fronteriza volvió a donde yo estaba y me dijo que yo iba a ser puesto en libertad.

El incidente terminó conmigo volviendo a casa y sintiendo que era menos de lo que soy: un ciudadano de los Estados Unidos. Lo más triste del caso es que se trata de una sola vergüenza en medio de un mar de humillaciones. El poder fuera de control está haciendo esto en el Estado de Nueva York y en el resto de la nación.

Peter Mares

Sodus

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