El nuevo pontífice y los jesuitas

Cuando amigos o familia me preguntan que pienso del nuevo papa Francisco, respondo que lo veo con gran entusiasmo y optimismo. No es simplemente por ser de América Latina, donde viven 40 por ciento de los católicos en el mundo. Es porque es jesuita, de una congregación que siempre he admirado.

Como el mayor de 12 hijos en una familia rural muy pobre, yo casi no llegué a tener oportunidad de recibir una educación universitaria. Pero gracias a varios trabajos, de tiempo completo y parcial, pude ahorrar suficiente para graduarme de la Universidad de Marquette en Milwaukee.

Me impresionaron mucho los jesuitas quienes conocí allí: el ambiente que crearon, su sabiduría, indulgencia, paciencia y valentía. Mi memoria más viva es de la noche antes de mi matrimonio con Penelope Ann Gartman. Yo tenía 25 años y era un asistente en la escuela de posgrado en periodismo; ella tenía 20 años y estaba en el tercer año de estudio para el bachillerato en el mismo campo.

Estábamos sentados en la rectoría después del último ensayo para la ceremonia. Los padres de Penelope, quienes no me consideraban digno de su hija (punto de vista que después modificaron) le suplicaban al pastor asistente de Gesu, la parroquia universitaria, que cancelara la boda. Él respondió con gentileza y firmeza, diciéndoles que teníamos el derecho de casarnos y que él iba a presidir. ¡Así lo hizo¡ Este año Penny y yo celebraremos el 58 aniversario de nuestra vida juntos.

Vi ese tipo de élan en muchos jesuitas quienes conocí durante los 30 años que viaje por muchas partes del mundo misionero mientras trabajaba para Maryknoll. Una descripción de los jesuitas dicha en broma en América Latina va así: "votos de pobreza, pero muy bien equipados." El locutor a menudo se refiere a la tecnología de la que ellos disponen, pero lo que siempre ha llamado mi atención son sus dones intelectuales. Aquellos cuyos conocimientos y sabiduría han enriquecido mi vida también son independientes y dedicados, sin miedo a llevar a cabo las demandas del evangelio en modos poco convencionales.

Recuerdo, por ejemplo, al Padre Michael Kennedy que en los años 1990 abrió las puertas de su iglesia — la parroquia Misión de Dolores en Los Angeles — para que durmieran allí los inmigrantes sin hogar. También creó una empresa, Homeboy Industries, para que los pandilleros desarrollaran destrezas.

He conocido muchos otros, demasiado numerosos para nombrar aquí, quienes eran similarmente creativos y emprendedores. Un sacerdote inolvidable de los muchos jesuitas latinos a quienes nuestro pueblo en este país dispone una gran deuda es Edmundo Rodríguez. El ayudó a los pobres de los barrios de San Antonio a organizarse en un grupo poderoso con el nombre Comunidades Organizadas para el Servicio Público. "Mundo", como todos lo llamaban es un hombre grande de Texas, "un mundo en sí mismo", como bromeaban sus amigos chicanitos, una fuente inagotable de buenas ideas.

Mucho se ha dicho de la pobreza voluntaria del papa Francisco, renunciando la mansión del arzobispo en Buenos Aires por un departamento y viajando en autobús público en lugar de por carro con chofer. Yo tuve la dicha de conocer muchos jesuitas que escogieron pobreza similar: en el Centro Misionero de La Natividad en Nueva York, en El Salvador, África o El Paso, Texas.

Por eso nosotros los latinos tenemos grandes esperanzas para el papa Francisco, no sólo como la voz poderosa de los pobres del mundo sino también como un hombre que dispone de la valentía para hacer los cambios necesarios para llevar el Evangelio a los centros del poder, sean eclesiales o seglares.

Sandoval es un columnista de Catholic News Service.

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