Haitianos nos dieron un ejemplo digno de emular

Entre las imágenes desoladoras de muerte y destrucción del terremoto en Haití el mes pasado, uno me llamó más la atención.

Vino en un reportaje de la Associated Press describiendo el desastre, el más grande en los últimos 200 años en ese país. “Miles se reunieron en plazas públicas para cantar alabanzas,” dijo el reporte.

Así los haitianos proclamaron al mundo que su espíritu todavía vivía, que hay un Dios quien les puede ayudar, que su salud mental, si no su salud física, había sobrevivido los choques.

Cantar es actividad únicamente humana, siempre reconocida por su poder de resucitar nuestro espíritu, darnos valentía y sanarnos.

Desde tiempos inmemoriales soldados cantaban al lanzarse a la batalla. Orantes de todas religiones cantaban alabanza a Dios.

En varias culturas, esto tomaba distintas formas. Para algunos era mantra; para otros, canto, escala o improvisación pura.

El profesor John Cox, un inglés, cree que cantar puede hacer una contribución mayor a la salud mental, según un reportaje en el periódico Observer. En tiempos Victorianos, dijo, asilos tenían su propia orquesta y coro, conducidos por el médico principal.

Mi madre siempre cantaba mientras hacía sus tareas, una de sus más simpáticas características. Así comunicaba a sus muchos hijos que, aunque los tiempos fueran difíciles, siempre había algo para celebrar, para animarnos.

Mi esposa, sin embargo, nunca canta, excepto en la iglesia. Cree que esto se debe a un incidente en su niñez cuando ella cantaba un villancico de Navidad y su Mamá la regaño: “Mejor que te mantengas callada.”

Desafortunadamente, en tiempos recientes, cantar se valora muy poco.

En la Misa las voces silentes exceden las que cantan los himnos. Muchos piensan que no pueden cantar bien.

Los varones, en especial en la sociedad blanca, tienden a ver el cantar como algo que se atreven hacer sólo en el baño o en el campo. A menudo necesitan alcohol para superar sus inhibiciones.

Vemos el cantar no como actividad en cual debemos participar sino como una que se utiliza para divertirnos. Aunque eso también pueda inspirar y quizás sanar, no da tanto beneficio como hacerlo uno mismo.

Nikki Slade, quien da talleres en canción en el norte de London, sufrió un episodio sicótico en 1989. Cantar le ayudo a recuperar. “Lo único que realmente importaba era cantar,” recordó. “Cantaba todos los días.”

Además, los médicos creen que cantar es un ejercicio aeróbico valioso, promoviendo mejor postura y respiro hondo, según el reportaje en el Observer.

Se cree que cantar también libera endorfinas que alivian el dolor y reducen la tensión. Por esas razones cantar es una creciente terapia para relajación, para superar depresión e inquietud, y hasta para tratar clínicamente serios problemas de salud mental.

Como las Escrituras nos enseñan, cantar es una forma importante de orar. El salmista urge: “Canten al Señor todos fieles suyos, den gracias a su santo nombre” (Salmo 30:4). “Den gracias al Señor con el arpa, toquen para él la lira de diez cuerdas” (Salmo 33:2).

Quizás debería haber más canción en nuestras liturgias, hasta en la cuaresma cuando otras formas de oración reciben más énfasis.

El hecho de que miles de haitianos pudieron reunirse en plazas públicas para cantar himnos después de la tragedia que los atropelló en Enero 12 da esperanza a todos.

Puede ser que su ejemplo nos pueda ayudar hacer frente a nuestras desgracias menores en estos tiempos difíciles: clausura de fábricas, desempleo, privación del derecho de redimir hipoteca, falta de cuidado médico y la pérdida de fondos de jubilación.

“Canten al Señor un canto nuevo, que toda la tierra cante al Señor” (Salmo 96:1).


Sandoval es un columnista de Catholic News Service.

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