Buscando lo sagrado en nuestras vidas

Tradicionalmente, el verano trae la oportunidad de buscar lo sagrado en la vida. Nos da tiempo, por ejemplo, de hacer un peregrinaje, en grupo o individualmente. Una de mis memorias más preciosas de los ochentas es de un una caminata de 100 millas hacia el Santuario de Chimayo, un lugar en Nuevo México considerado sagrado desde las épocas indígenas.

Cuatro grupos, algunos con niños de 10 años y hombres y mujeres ya de 60 o más, caminamos durante cinco días hacia Chimayo. Durante el camino, la gente de las parroquias ofrecia comida y hospedaje a los peregrinos. Dormíamos sobre el suelo, sobre cemento o madera, en capillas o salas parroquiales.

Los días pasaban con los peregrinos cantando alabanzas, rezando el rosario y otras oraciones. Después del primer día, ampollas cubrían los pies de muchos pero todos soportaron el dolor y perseveraron hasta el final que fue puntuado con una jubilosa Misa celebrada en el santuario por el Arzobispo Roberto Sánchez. El sacrificio de los peregrinos inspiró a todos.

Más recientemente, acompañé a mi amigo, el Obispo Ricardo Ramírez de Las Cruces en Nuevo Mexico, a la celebración de la fiesta de San José en una aldea cercana. Después de la Misa, el obispo y los sacerdotes de la parroquia encabezaron un desfile de músicos, bailarines, parroquianos, y hasta algunas personas en silla de ruedas, por la calle principal de la aldea. Una comida y otras actividades siguieron en la sala parroquial. Fue una sagrada ocasión demostrando la fe y unidad de la comunidad.

Cuando era joven en una región rural del norte de Nuevo México, cada parroquia y hasta aisladas capillas tenían sus festivales para honrar al santo patronal. Recuerdo ir varias veces el 16 de Julio a una capilla cerca de Mora a la fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmel. Después de la Misa, la gente del pueblo ponía puestos con comida y muchas actividades, incluso competición entre los jóvenes del manejo de caballos.

Muchas de estas fiestas religiosas ya no se celebran, pero lo sagrado aún se encuentra. Para el quinto centenario del descubrimiento de las Américas, el fallecido novelista mexicano Carlos Fuentes escribió que los dones de América hispana incluyen "no sólo Catolicismo sino un sentido profundo de lo sagrado, un reconocimiento que el mundo es sagrado, que es la más antigua y profunda certeza del mundo amerindio".

El verano es el tiempo clave para buscar esos lugares sagrados donde podemos experimentar lo divino. Para muchas culturas la cima de la montaña es uno de esos lugares, pero todos tenemos nuestros sitios favoritos que nos envuelven en el asombro de la creación de Dios y en un incontenible sentido de paz. Para mi Mamá, eran las montañas y cada vez que la visitaba en Colorado, me pedía: "Llévame a la sierra".

Aún, hay un lugar que pasamos por alto en nuestra búsqueda de lo sagrado: el mero corazón de nuestro ser. A eso se refería el autor Oliver Wendell Holmes cuando escribió: "Lo que queda en el pasado y en el futuro son materias pequeñas en comparación con lo que queda dentro de nosotros". Sobre el mismo tema, el filósofo Henry David Thoreau aconsejó: "Dirige tu ojo al interior y descubrirás mil regiones de la mente todavía no conocidas".

Así es que no necesitamos viajar a montañas o playas lejanas para encontrarnos con Dios. Sólo tenemos que buscarlo en tranquilidad, soledad y meditación, morando no en el pasado o el futuro sino en el presente. "En eternidad de cierto hay algo veraz y sublime", escribió Thoreau. "Pero todos estos tiempos y lugares y ocasiones están aquí y ahora. Dios mismo culmina en el momento presente, y jamás será más divino en el paso de las épocas".

Sandoval es un columnista de Catholic News Service.

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