La Eucaristía es la base del matrimonio

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo:

En la edición de junio del Catholic Courier, honramos a aquellos de nuestra familia diocesana que están celebrando sus aniversarios de matrimonio, ¡con una conmemoración especial para las parejas cuyos matrimonios abarcan muchos, muchos años! Por eso traemos a nuestra memoria esas bellas palabras: "Te amaré, te honraré todos los días de mi vida". Expresando un amor tan profundo, las parejas casadas pronunciaron sus votos para tomar uno al otro como esposo y esposa, de ser fieles uno al otro "en tiempos buenos y malos, en salud y en enfermedad" hasta que la muerte nos separe, ¡de amarse uno al otro tanto como sea humanamente posible!

Esta unión sagrada de hombre y mujer en santo matrimonio "requiere la fidelidad inviolable de los cónyuges. Esta es la consecuencia del regalo de sí mismo que cada uno hace al otro. El amor busca ser definitivo; no puede ser un arreglo de ‘hasta nuevo aviso’. La ‘unión intima del matrimonio, como el regalo mutuo de dos personas, y el bien de los niños, demanda fidelidad total de los cónyuges y requiere una unión que no se puede romper entre ellos’". (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1646).

A menudo el romance, y hasta la infatuación, precede a un matrimonio. Pero el romance y la infatuación nunca son suficientes para sostener un matrimonio. El matrimonio es la unión de mente, corazón, alma y espíritu – una unión tan intensa que dos se convierten en uno. La instrucción para el matrimonio nos recuerda: "Ustedes empiezan sus vidas de casados con la entrega voluntaria y total de sus vidas individuales en interés de esa vida más profunda y amplia que ustedes dos tendrán en común. De aquí en adelante pertenecerán uno al otro, uno en mente, uno en corazón y uno en afectos".

Para que tal amor perdure es un gran reto y demanda el esfuerzo mutuo y el compromiso firme de los cónyuges. Habrá diferencias de opiniones, desacuerdos, incluso a veces el intercambio de palabras duras y el albergue de sentimientos amargos. Pero mayor que éstos debe ser el amor de los cónyuges, un amor capaz de sostener y superar las dificultades momentáneas. El amor produce amor. Porque si uno ama sin convocar el amor — si uno ama sin comunicar el amor — uno ha degradado y reducido toda la noción y belleza del amor. El amor verdadero es constante, paciente, bondadoso, se preocupa y persevera en su valentía. El amor verdadero rehúsa herir y voluntariamente se sacrifica por el objeto de su afecto.

El amor verdadero de uno en el matrimonio es uno que ha captado el corazón y las emociones del otro. Existe un anhelo constante de estar con la persona que completa su vida. El corazón habla al corazón, espíritu a espíritu, mente a mente. Llega el momento cuando las palabras no son necesarias y la mera presencia de uno es la voz poderosa del amor.

El amor es la base para los fines del matrimonio, a saber, el amor mutuo de los cónyuges y la procreación y educación de los niños. De este amor, que refleja el amor de Cristo por su esposa, la iglesia, nace la familia. Al honrar las parejas casadas hoy, también honramos la familia de Dios, "la iglesia doméstica".

Tomamos esta oportunidad para dar gracias a Dios por nuestras parejas casadas que han dado testimonio del compromiso solemne del matrimonio por sus propias vidas y el extraordinario número de años de sus matrimonios. De estas uniones sagradas la familia humana se ha enriquecido, nueva vida ha llegado al mundo para cuidar de los envejecidos y para continuar la belleza y ritmo de la vida a través de la noble creación de Dios, la persona humana. El amor poderoso, fidelidad, auto-sacrificio y preocupación por nuestros vecinos expresada por los que no han sido bendecidos con niños son ejemplos maravillosos para nuestra gente joven en la familia de Dios. Estas parejas participan en las familias extendidas que han enriquecido todas nuestras vidas. Todos somos gente de familia.

La fortaleza, la base de la familia, la comunidad de la familia de la iglesia, y para el matrimonio se encuentra en la presencia de Jesús en la más sagrada Eucaristía. Del amor perfecto, aprendemos cómo amar, cómo sentir, cómo sentir empatía, cómo preocuparnos por otros. De la perfecta alegría, aprendemos cómo regocijarnos, cómo reír, cómo encontrar la felicidad. De la paz perfecta encontramos paz, aprendemos cómo lograr la paz, nos convertimos en portadores de paz. La ausencia de Dios en el matrimonio, en cualquier vida, es la ausencia de paz, la ausencia de alegría, la ausencia de amor. Con Jesús, finalmente entendemos que el:

Amor es siempre dadivoso —

Perdona — sobrevive —

Y por siempre se levanta

Con manos abiertas.

Y mientras vive —

Da

Porque ésta es la prerogativa del amor —

Dar — y dar — y dar. (John Oxenham, como citado en Soft as the Voice of an Angel, Fort Worth, Texas: Brownlow Publishing Co., 1994, p. 1).

Como familia diocesana, nosotros les honramos y oramos por ustedes, nuestros hermanos y hermanas casados, que han hecho de Jesús una parte verdadera e íntima de sus matrimonios. Que el Señor siga bendiciéndoles y sosteniendo sus vidas de casados. Hoy la iglesia renueva su profunda estima y apoyo por su vocación vivida en amor, en fidelidad y en Cristo. ¡Que sean bendecidos con muchos más y felices años! Cada día recuerden las palabras del celebrante el día de sus bodas:

"Han declarado su consentimiento ante la Iglesia. Que el Señor en su bondad fortalezca su consentimiento y les colme a ambos de sus bendiciones. Que lo que Dios ha unido, que nadie lo separe".

Rogando a Dios por nuestros jubilares, nuestras parejas casadas y toda nuestra familia diocesana, quedo

Devotamente suyo en Cristo,

Reverendísimo Salvatore R. Matano

Obispo de Rochester

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