La Eucaristía nos sostiene

Junio 2016

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo,

Este domingo pasado, 29 de mayo, 2016, celebramos la Solemnidad del Sagrado Cuerpo y Sangre de Cristo, Corpus Christi. En la santa Misa, el celebrante rezó la oración inicial:

O Dios, que en este Sacramento maravilloso

nos ha dejado un memorial de tu Pasión,

danos, te rogamos,

venerar los sagrados misterios de tu Cuerpo y Sangre tanto

que experimentemos siempre en nosotros mismos

los frutos de tu redención.

Que vive y reina con Dios el Padre

en la unidad del Espíritu Santo,

un Dios por los siglos de los siglos.

En esta solemnidad, nos reunimos para renovar nuestro amor y devoción a Jesucristo realmente presente en la Más Sagrada Eucaristía, el sacramento que ha de llenarnos con el espíritu de maravilla y asombro en la presencia de nuestro Dios.

Tanto la Instrucción General del Misal Romano como la instrucción posterior Redemptionis Sacramentum (Sacramento de Redención), publicado por la Congregación para Adoración Divina y la Disciplina de los Sacramentos el 25 de marzo, 2004, repiten la enseñanza constante de la Iglesia Católica, es decir que "La Más Sagrada Eucaristía es el sacramento más majestuoso, en que Cristo el Señor mismo está contenido, ofrecido y recibido, y por el cual la Iglesia constantemente vive y crece. El Sacrificio Eucarístico, el memorial de la muerte y resurrección del Señor, donde el sacrificio de la cruz es perpetuado a través de los siglos, es la cumbre y la fuente de toda adoración y vida cristiana; significa y lleva a cabo la unidad del pueblo de Dios y logra la edificación del Cuerpo de Cristo" (El Código de Derecho Canónico 897; cf. también Catecismo de la Iglesia Católica,1324; Lumen Gentium, Vaticano II, La Constitución Dogmática sobre la Iglesia,11).

A la vista de esta realidad sublime, llegamos a entender que es un privilegio extraordinario para nosotros participar en el sacrificio Eucarístico, el fundamento y corazón de nuestra redención en Cristo. Cuando nos acercamos a la celebración de la santa Misa o cualquiera de los sacramentos con este espíritu de gratitud, esto cambia esencialmente nuestra actitud hacia la naturaleza sacramental de la iglesia. Dándonos cuenta que en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, Jesús viene a nosotros, entonces nos acercamos a Él no pidiendo lo que hay para nosotros en esto, sino cómo puedo posiblemente dar gracias al Dios omnipotente que ha elegido venir donde mí. Nos damos cuenta que los sacramentos son el regalo de Dios para nosotros; indulgentemente Él nos invita para participar en su vida por estos encuentros personales con Él.

Cuando San Juan Pablo II declaró el Año de la Más Sagrada Eucaristía en el 2004, lo hizo dándose cuenta que era muy necesario recapturar la naturaleza transcendente e impresionante de la Eucaristía. La continua triste disminución de los que fielmente asistieron cada semana a Misa dio evidencia de que un número significativo de los que fueron bautizados en la iglesia no apreciaron totalmente la realidad de la verdadera presencia de Cristo en cada celebración de la Eucaristía. De hecho, en encuestas recientes, aunque quizás dudosas, no inquietan menos cuando indican que un porcentaje alto de católicos que no entienden la teología de la presencia verdadera o simplemente no creen que Cristo llega a estar presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad, bajo las apariencias de pan y vino en la Misa durante la narrativa de la institución, la consagración. (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, número 1353). La dimensión horizontal parece haber eclipsado la dimensión vertical en nuestra relación con Dios. Actos sencillos de reverencia tales como doblar la rodilla y arrodillarse como prescritos en las rúbricas litúrgicas de la iglesia — excepto por supuesto cuando las dolencias físicas lo hacen imposible — ya no están tan evidentes como lo fueron antes. Y todavía, el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que "Frente a un sacramento tan grande, los fieles solamente pueden repetir humildemente y con una fe ardiente las palabras del Centurión: ‘Senõr, no soy digno de que entres bajo mi techo, pero solamente di la palabra y mi alma será sana’" (Número1386).

Así, cualquier renovación litúrgica, pastoral o spiritual, debe comenzar con un entendimiento de la naturaleza divina y sacramental de la Más Sagrada Eucaristía. No nos reunimos simplemente para formar una comunidad, sino como una comunidad para profesar nuestra fe en Jesucristo y como la iglesia nos instruye para dar: "acción de gracias y alabanza al Padre … por todo lo que Dios ha hecho bueno, bonito y justo en la creación y la humanidad" (cf. Catecismo, 1358-1359).

Al celebrar la sagrada Eucaristía, nos reunimos con los que han ido antes de nosotros remontando a los tiempos apostólicos. "Si desde el principio, los cristianos han celebrado la Eucaristía y en una forma cuya sustancia no ha cambiado a pesar de la gran diversidad de tiempos y liturgias, esto es porque sabemos que estamos sujetos al mandato que el Señor dio en la víspera de su pasión: ‘Hagan esto en memoria mía’" (Catecismo, 1356). De verdad la Eucaristía pertenece a Cristo que graciosamente comparte su presencia con nosotros por su novia, la iglesia. La Eucaristía no es un mero fenómeno cultural restringido por ciertos períodos históricos o filosofías, sino ella transciende todo tiempo y todas las ideologías políticas y sociales; ella encuentra su origen en Cristo.

Ya en el secundo siglo tenemos el testimonio de San Justino Mártir para el orden básico de la celebración eucarística. Grabado en el catecismo tenemos el cuento de San Justino Mártir escribiendo al emperador pagano Antonius Pius (138-161 AD) cerca del año155 AD, explicando lo que los cristianos hicieron "en el día que llamamos el día del sol" (Catecismo, 1345). Aquí están explicados en términos generales los elementos básicos de la Misa que todavía celebramos hoy día.

Con mucha claridad Jesús nos dice, "Si no comes la carne del Hijo del Hombre y tomas su sangre, no tienes vida en ti" (Juan 6: 53). Nuestra vida, nuestra esperanza, nuestra fuerza se derivan de la Más Sagrada Eucaristía. Reconociendo esta realidad extraordinaria de la fe, debemos todos trabajar juntos para fomentar constantemente y dondequiera la devoción a Cristo en la Eucaristía. Tenemos que ser evangelizadores en nuestros hogares, parroquias y comunidades, invitando a los que no participan activamente en la vida de la Iglesia para venir a casa. Con el apóstol Tomás, cada parroquia e institución católica debe encontrar su corazón, su razón de existir en la Más Sagrada Eucaristía y repetir una y otra vez las palabras de Tomás, "Señor mío y Dios mío" (Juan 20:28).

En todas nuestras vocaciones elegidas, apostolados y responsabilidades de nuestras vidas diarias, oro para que la más sagrada Eucaristía sea nuestro sustento, nuestro alimento para el viaje y nuestra esperanza y alegría al hacer nosotros mismos diariamente una morada, un tabernáculo vivo para el Señor.

Invocando la intercesión de nuestra Madre María cuya aceptación hizo posible que el Verbo se hiciera carne, quedo, con la seguridad de mis oraciones y pidiendo que me recuerden en sus buenas oraciones, quedo

Devotamente suyo en Cristo,

El Reverendísimo Salvatore R. Matano

Obispo de Rochester

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