Proclamar sin ambigüedad el derecho a la vida

Octubre 2015

Mis queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Por toda la iglesia católica en los Estados Unidos, el mes de octubre se reconoce como el Mes de Respeto a la Vida, dedicado al Evangelio de la Vida, que defiende la dignidad de cada persona desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. Como comunidad de fe, con caridad para todos, damos atención especial en estos momentos a dar gracias a Dios por el gran don de la vida y a proclamar sin ambigüedad el derecho a la vida para cada persona desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. Conociendo nuestras propias flaquezas y fracasos, imploramos al Señor para que "¡Aumente nuestra fe"! (Lucas 17:5). "Aumenta nuestra fe", oh Señor, para que seamos tus instrumentos de vida, para proteger toda vida. Recordemos las palabras del Papa Benedicto XVI, en su discurso a los funcionarios gubernamentales y diplomáticos en Viena el sábado, 7 de septiembre, 2007: "El derecho humano fundamental, la presuposición de todo otro derecho, es el derecho a la vida misma. Esto es cierto de la vida desde el momento de la concepción hasta su fin natural. Por consiguiente, el aborto no puede ser un derecho humano – es todo lo opuesto. Es ‘una profunda herida en la sociedad’". Con la misericordia y amor ejemplificado por nuestro actual Santo Padre, el Papa Francisco, buscamos reparar esa herida y aliviar el sufrimiento de tantas mujeres y hombres "que llevan en sus corazones la cicatriz de esta decisión angustiosa y dolorosa". (Carta del Papa Francisco al Arzobispo Rino Fisichella, Presidente del Concejo Pontificalpara la Promoción del Nuevo Evangelio, 1 de septiembre, 2015).

En la misma carta el Papa Francisco concede "a todos los sacerdotes para el Año del Jubileo la discreción de absolver del pecado del aborto a aquellos que lo han buscado y que, con corazón contrito, buscan el perdón por el mismo". Sin embargo, por muchos años en las arqui/diócesis de los Estados Unidos, los obispos, teniendo la autoridad para así hacerlo en su jurisdicción particular, han concedido a los sacerdotes en sus diócesis respectivas la facultad, esto es el privilegio y permiso, para absolver a los penitentes del pecado del aborto. Dándose cuenta del dolor profundo sufrido por aquellos que han sido tan gravemente heridos, la Iglesia ha buscado ser instrumento de la misericordia y reconciliación de Dios en el sacramento de la confesión habiendo anticipado esta ahora facultad general otorgada a los sacerdotes por el Papa Francisco: "Muchos sacerdotes cumplen con esta gran tarea expresando palabras de bienvenida genuina combinado con reflexión que explica la gravedad del pecado cometido, además de indicar el sendero de la conversión auténtica por la cual se obtiene el verdadero y generoso perdón del Padre que renueva todo esto con su presencia". (Ibíd.).

Esta hermosa expresión de perdón subraya el lugar principal del Sacramento de Reconciliación en la celebración del Año de Misericordia que empieza el 8 de diciembre, 2015, la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, y terminando en la Solemnidad de Cristo Rey el 20 de noviembre, 2016. Mediante el ministerio sacramental del sacerdocio, a los fieles se les da la oportunidad de restaurar su relación con Cristo que ha sido dañada por el pecado. Jesús, a través del ministerio de la Iglesia, nunca nos abandona; incluso cuando fallamos, no estamos solos. Por habernos convertidos en sus hijos e hijas en el Bautismo, nosotros pertenecemos a Cristo, compartimos Su resurrección, y Su perdón y misericordia nos aguardan en el Sacramento de la Reconciliación.

En los primeros días de la Iglesia, los apóstoles predicaban esta creencia y expresión de esperanza. A cualquiera que les escuchara ellos proclamaban que los pecados son perdonados por Jesús que está vivo y vive entre nosotros. Nuestras luchas ya no son nuestras solamente sino que tenemos a Jesús extendiendo Su mano en benevolencia sacramental. A sus apóstoles y a los obispos y sacerdotes que le seguirían, Cristo les dio el poder y la misión para perdonar y reconciliar en ese primer Domingo de Pascuas cuando se apareció a Sus discípulos. Les saludó con las palabras: "La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado así les envío yo". Entonces Jesús les dijo: "Reciban el Espíritu Santo. Porque aquellos a quienes ustedes les perdonen sus pecados, serán perdonados; y a quienes no libren de sus pecados, quedarán atados". (Juan 20: 21-23; cf. también Mateo 16:19). La misión de los discípulos se liga al ministerio de la caridad reconocido en la reconciliación y ahí uno descubre la verdadera paz.

La presencia de Jesús y el poder de Su Espíritu Santo se sienten en cada aspecto de nuestra vida, especialmente en esos momentos cuando estamos en problemas y dificultades, al borde de la desesperación y sintiéndonos tan solos, cuando el pecado nos abruma. Con brazos extendidos, Jesús dice: "Vengan a mí, los que se sienten cargados y agobiados, porque yo los aliviaré". (Mateo 11:28). Nuestro Dios no está alejado o ausente de nuestras vidas. Cuán ciertas las palabras: "Oí una voz que clamaba desde el cielo: "Esta es la morada de Dios entre los hombres: fijará desde ahora su morada en medio de ellos y ellos serán su pueblo y él mismo será Dios con ellos. Enjugará toda lágrima de sus ojos y ya no existirá ni muerte, ni duelo, ni gemidos, ni penas porque todo lo anterior ha pasado". (Apocalipsis 21:3-5).

Ruego que para durante el Año de Misericordia la hermosura del Sacramento de Reconciliación sea descubierta de nuevo y se restaure su importancia en la vida de la Iglesia. He pedido a nuestros sacerdotes que extiendan las horas de Confesión durante este año en cada una de sus parroquias. Deseo que los fieles tengan amplias oportunidades para la confesión personal. Es también una oportunidad privilegiada para los confesores servir a los fieles de las maneras más hermosas: restaurando los corazones rotos, extendiendo compasión y ofreciendo aliento a través de las enseñanzas de Jesús y la Iglesia. ¡Podría existir la renovación sin que cada uno de nosotros busque el perdón!

Al meditar más atentamente sobre la hermosura de la voluntad de Jesús para perdonarnos, no puedo evitar pensar en las palabras de San Dimas, el pecador arrepentido colgado de una cruz a un lado de Cristo en el Calvario. (Cf. Lucas 23: 39-43). En ese momento mutuo de sufrimiento, Dimas fue provocado por la insolencia del otro criminal, que se burló de Cristo, diciendo: "¿Así que tú eres el Cristo? Entonces, sálvate tú y sálvanos a nosotros también". Dimas respondió: "¿No temes a Dios, tú que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo tenemos merecido, por eso, pagamos nuestros crímenes. Pero este hombre no ha hecho nada malo". Entonces Dimas dijo: "Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino". Dimas pronunció unas pocas oraciones que son como la erupción de los cambios volcánicos que su encuentro con Jesús había puesto en marcha. A veces estamos inclinados a sobre-simplificar estas palabras de San Dimas como si fueran una frase pegadiza rápida y fácil, dando a todos nosotros como una especie de licencia para vivir como nos plazca, esperando captar la eternidad en el último aliento. Pero lo cierto es que, en unas pocas palabras, Dimas pronunció unas pocas de las verdades más profundas de nuestra fe.

Lo primero, Dimas puso en claro las cosas para el otro ladrón: "¿No te das cuenta de lo absurdo que eres? Nosotros no tenemos derecho a ser salvados; se nos está castigando justamente con la muerte por nuestros crímenes". Ésta es una confesión de pecado: Dimas ha tenido la humildad y el valor para aceptar la responsabilidad por sus errores, y lo hace a oídos de Jesús. Luego procede a decir: "Pero este hombre no ha hecho nada malo".

Después de reconocer el Cordero de Dios inocente, Dimas habló del reino de Jesús. Dimas no podía estar hablando de un reino terrenal, ya que él y Jesús estaban a punto de morir. Cuando él dijo: "Acuérdate de mí", él está apelando a Jesús para que acepte su fe en Él y así salvarlo de la muerte y juicio que iba a recibir, no de los hombres, sino del Altísimo. En otras palabras, Dimas estaba profesando su fe en la resurrección de los muertos. La respuesta de Jesús a él lo confirma: "Verdaderamente os digo, hoy estarás conmigo en el Paraíso". El Rey coronado de espinas en la cruz acepta la confesión de pecado de Dimas, su acto de fe en la propia divinidad de Jesús y en Su poder para resucitar a los muertos, y nuestro Señor le asegura que esa fe le llevará a la comunión con Dios en la eternidad.

En Su encuentro con Dimas, Jesús cumple de una manera personal muy hermosa el significado de toda Su vida: salvar a una persona, cualquier persona, todas las personas del pecado a través de Su Cruz y Resurrección. En lo esencial, la historia de Dimas es la historia de cada alma. Todos vivimos con el fracaso de nuestros pecados y necesitamos el perdón; todos vivimos en el sufrimiento, pero no tanto más que Jesús que viene a nuestro lado a sufrir con nosotros y por nosotros para quitar nuestros pecados. Solamente nos pide que estemos abiertos a Su amistad, que reconozcamos y confesemos nuestros pecados, que profesemos Su ausencia de pecado, que demos testimonio de la inmensidad de Su ternura y compasión y a morir con la seguridad de la promesa que Él nos recordará cuando estemos solos de pie a la entrada del Paraíso. Solamente Jesús pudo transformar las lágrimas del Calvario en las alegrías de la vida eterna. Dimas miró más allá de las lágrimas y abrazó a su Rey en la cruz — ¡al fin estaba en casa!

La misericordia de Dios es ilimitada, más allá de la comprensión humana y tan abundante en generosidad que nosotros los humanos no podemos emplazar a comprender su plenitud y profundidad. Con demasiada frecuencia nosotros restringimos nuestro propio otorgamiento de misericordia y perdón; encontramos que la magnanimidad de Dios es demasiado grande para entenderla. Pero nuestra falta de entendimiento nunca disminuirá o mitigará la misericordia eternal del Amor Perfecto, que una y otra vez repite esas palabras a Dimas, "este día estarás conmigo en el paraíso", hechas eco en todos los confesionarios del mundo: "… Te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".

Invocando la intercesión de Mará, Nuestra Madre, durante este mes del muy Santo Rosario, y pidiendo para que ella presente a su Hijo las necesidades de nuestra Diócesis y nuestro mundo, quedo

Devotamente suyo en Cristo,

El Reverendísimo

Salvatore R. Matano

Obispo de Rochester

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