Recordando un momento especial para un amigo

Desde que se anunció que Timothy Dolan, Arzobispo de Nueva York iba a ser elevado a cardenal de la iglesia, muchos de ustedes han expresado interés y hecho preguntas sobre el Arzobispo Dolan, su nuevo estatus y la implicación para todos nosotros.

Durante las semanas que han seguido al evento, el arzobispo ha recibido mucha atención de los periódicos y de la televisión, al igual que ha pasado con el Colegio de Cardenales. Debido al gran interés y a la publicidad, pensé que les gustaría oír algunas reflexiones personales de mi viaje a Roma para participar en los eventos de esos días.

Yo conocí por primera vez a Tim Dolan en 1972, cuando fui al Colegio Norteamericano en Roma para servir un término de siete años como director espiritual del colegio. Tim era un estudiante de la Archidiócesis de San Luis y llevó al colegio — y a todo lo que hacía — una mente brillante, un espíritu generoso y un maravilloso sentido del humor. Como mentor de muchos estudiantes en aquellos años, a menudo me fascinaba su amplia gama de talentos y quedaba inspirado por sus corazones generosos.

Era un placer para mí estar con todos ellos, y ser testigo desde una perspectiva privilegiada de cómo se desarrollaban sus relaciones con el Señor. Aunque todos respondían a una llamada común, tenían su propio nombre y su propio sendero. Algunos eran tranquilos e introspectivos; otros eran extrovertidos. Había estudiantes provenientes de pueblos pequeños y de grandes ciudades. Venían de todas partes de nuestro país. Sus familias y antecedentes eran diferentes, al igual que los retos que confrontaban.

Me encantaba trabajar con ellos y esos años en Roma significaron una gracia especial en mi vida. Los estudiantes me ayudaron a perfeccionarme durante esos años. En aquel tiempo, y ahora, le di gracias al Señor por el ejemplo que me dieron por su bondad, su franqueza y por su apertura y amor al Señor.

Cuando Tim iba a venir para una conversación, yo sabía que nos reiríamos y lo esperaba con impaciencia. Yo apreciaba su sentido del humor que era evidente no solo en sus conversaciones privadas, sino en todas sus interacciones con los demás. No por eso yo apreciaba menos su tenacidad y la honestidad que lo caracterizaban.

Esos recuerdos fueron estimulados por un artículo en The New York Times del 16 de febrero, el día en que salí para Roma. Trataba sobre la relación de Tim con un doctor que lo está ayudando a lidiar con el reto de mantener un peso saludable. Algo que puede resultarle difícil a una persona que, como Tim, confronta muchas presiones y que está presente constantemente en eventos donde hay comida accesible y abundante.

Pero él estaba tratando con gracia y humor un tema que muchos de nosotros consideraríamos delicado. Me pregunté cuántas personas que leyeron el artículo se sentirían alentadas en su lucha con el mismo problema.

Hubo dos eventos a través de los cuales el Arzobispo Dolan y 21 otras personas, incluyendo a Edwin O’brien, el Arzobispo Emérito de Baltimore, fueron creados cardenales. El primero, llamado el Consistorio Público, tuvo lugar el sábado, 18 de febrero en la Basílica de San Pedro. Ese evento tenía tres elementos principales — la entrega de la birreta roja, la presentación del anillo cardenalicio diseñado para la ocasión y la asignación de la iglesia titular, una parroquia activa de Roma para la que el cardenal será un patrón especial. (En esa asignación una esperanza ardiente del Arzobispo Dolan fue realizada. Él deseaba una parroquia con un nombre mariano y le asignaron la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe en la sección Monte Mario de la ciudad.)

El Consistorio Público fue un servicio de oración, no una liturgia eucarística. El orden fue: saludo; oración de entrada; una lectura de Marcos sobre los hijos de Zebedeo, su ambición y la instrucción de Jesús sobre servicio y sacrificio personal; una corta reflexión del Papa Benedicto; la oración por Benedicto que declaró formalmente que los 22 eran cardenales de la iglesia; la profesión de fe y declaración especial de obediencia al Santo Padre; la presentación de la birreta, el anillo y la iglesia titular; el Padre Nuestro y las oraciones finales.

La ceremonia duró una hora y media. Fue devota y reflexiva y tenía por intención realzar la importancia del Colegio de Cardenales.

Cuando la mayoría de nosotros pensamos en el Colegio de Cardenales consideramos primero su deber y privilegio de elegir un nuevo papa cuando la Santa Sede está vacante. Sin duda esa es la función más famosa.

Pero las raíces más profundas del colegio se remontan al primer clero de la ciudad, ellos son considerados como los sucesores de ese primer grupo, por eso se les asignan iglesias titulares.

Esto implica una unión particular y especial del colegio con el Obispo de Roma (el Santo Padre) con quien ellos van a dar un testimonio moderno del martirio de San Pedro y San Pablo. En la oración de creación de los nuevos cardenales, el Papa Benedicto dijo, "Vamos a llevar a cabo el agradable y solemne deber de nuestro sagrado ministerio. El mismo afecta principalmente a la iglesia de Roma, pero también afecta la comunidad eclesial completa. Llamamos a algunos de nuestros hermanos a entrar al Colegio de Cardenales, de manera que puedan estar unidos con la Cátedra de San Pedro en un estrecho lazo con nuestro ministerio apostólico. Al haber sido investidos con la santa púrpura, deben ser testigos valientes de Cristo en la Ciudad de Roma y en regiones lejanas.

La conexión con el testimonio de la fe, hasta el martirio, está captada en la oración de la presentación de la Birreta. "Para la gloria de Dios Todopoderoso y el honor de la Sede Apostólica, recibe la birreta roja como signo de la dignidad cardenalicia, y de la disponibilidad a actuar con valor aun hasta derramar tu sangre para la propagación de la fe cristiana, para la paz y tranquilidad del pueblo de Dios y para la libertad y crecimiento de la Santa Iglesia Romana".

El otro evento principal fue una Misa de Acción de Gracias en San Pedro el domingo por la mañana. Mientras que la iglesia en general estaba celebrando el séptimo domingo del Tiempo Ordinario, nosotros celebrábamos la fiesta de la Cátedra de San Pedro, el ministerio de nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto, Obispo de Roma.

El Papa en su homilía reflexionó sobre la magnificencia del Altar de la Cátedra en la basílica. Me recordó su homilía en San Patricio en Nueva York cuando visitó nuestro país en el 2008. En esa época, basó su homilía en las impresionantes características arquitectónicas de esa magnífica catedral.

Ambas celebraciones llenaron la basílica. Casi los 150 miembros del Colegio de Cardenales estaban presentes, junto con 250 ó 300 obispos y muchos miembros del pueblo de Dios provenientes de todo el mundo. Todos los presentes, pienso, volvieron a sus casas con muchos recuerdos felices y con mucho que pensar.

Les mencioné cuando volví de mi visita ad limina a finales de diciembre que cada viaje que hago a Roma es un momento especial de recuerdo y acción de gracias por todas las bendiciones que recibí en mis años en esa ciudad. Este viaje no fue una excepción.

El punto focal en esta ocasión fue un momento especial para el Arzobispo Timothy Dolan, para la Archidiócesis de Nueva York, para todas las diócesis de nuestra provincia y para toda la iglesia. Como siempre, el viaje me hizo reconocer que otros, como Tim, han enriquecido mi vida, encarnando y compartiendo conmigo el amor de Cristo. Yo volví a casa agradecido a todos ellos por ese don, y con la esperanza de que, inspirados por ellos, yo pueda hacer lo mismo para otros.

Paz para todos.

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