Jorge Alvarenga and his mother hug at a family member's home near Washington July 31, 2022, after being separated for 17 years. Jorge Alvarenga y su madre se abrazan en la casa de un familiar cerca de Washington el 31 de julio de 2022, luego de estar separados por 17 años. La madre de Alvarenga emigró a EE. UU. desde El Salvador por razones económicas y gracias a un curso sobre doctrina social católica que asistió su hijo en Washington, pudo viajar desde un estado cercano para verlo brevemente. (Foto CNS por Cortesía de Jorge Alvarenga)

Más allá de la frontera, la espera para reunificación familiar es larga

WASHINGTON (CNS) — La voz de Jorge Alvarenga parece quebrantarse un poco cuando el joven de 31 años comienza a recordar y hablar sobre la última vez que vio a su madre en El Salvador. Él tenía 14 años. Ella estaba en la en ya estaba bien en camino en su segunda década de vida. Todavía estaba oscuro cuando ella subió a un auto.

“Yo lloré”, dijo Alvarenga.

Aunque la separación familiar en la frontera entre Estados Unidos y México ha sido un tema muy debatido en los últimos años, muchos niños en América Central por mucho tiempo han enfrentado períodos prolongados lejos de sus padres migrantes. Para ellos, la reunificación con uno de sus padres a veces puede tomar años, si no décadas — o, en algunos casos, nunca les vuelven a ver.

Sin poder encontrar un trabajo en su profesión como maestra, o un trabajo en cualquier otro campo, la madre de Alvarenga había comenzado lentamente a prepararlo a él ya su hermana de 4 años para la posibilidad de que ella se fuera.

“Nunca pudo conseguir trabajo estable y tocó muchas puertas”, manifestó Alvarenga en una entrevista con Catholic News Service el 26 de julio. “Hasta intentó vender . . . intentó muchas cosas. . . un día antes, nos dijo ‘Quiero sacarlos adelante a ustedes y si me quedo aquí, nos vamos a morir de hambre.'”

Su padre había abandonado a la familia. Entonces, la abuela de Alvarenga, anciana y enferma, llegó a vivir con ellos. Con problemas económicos, la única salida que su madre vio fue prestar dinero y salir al norte a trabajar. Así fue como el contrabandista terminó frente a su casa mientras su hijo la veía ir.

Y así fue como Alvarenga y su hermana se convirtieron en parte de una cantidad incalculable de niños en Centroamérica cuya madre o padre no vieron otra opción más que irse al norte, sin saber cuándo o si se volverían a ver.

“En este país, creo que la mayoría de nosotros (los jóvenes salvadoreños) hemos vivido esa experiencia, que uno de los padres o ambos se van”, indicó Gabriela Rivas, una madre de 29 años con dos hijos, en una entrevista con CNS en 2021 en El Salvador.

Rivas tenía 13 años cuando su madre se fue de El Salvador. No la ha visto físicamente desde entonces.

“Ella se vio obligada a irse”, dijo Rivas, sin querer dar detalles sobre la violencia que sufrió su madre, solo revelando que fue secuestrada y no vio otra opción más que salir de El Salvador.

“Nosotros no vivimos en un país seguro”, sostuvo Rivas, cuyo esposo fue detenido y encarcelado a principios de 2022 durante una medida del gobierno llamada estado de excepción. Al igual que la madre de Alvarenga, Rivas ahora es el único sostén de la familia y lleva adelante a sus dos niños con trabajos ocasionales, como cocinar para los pobres.

Rivas dijo que le preocupan los efectos de la separación familiar debido a la migración en su grupo etario, no solo por lo que le hace a las personas sino también a la sociedad y al país.

“Cuando una familia se desintegra . . . algunos de los niños (que quedan atrás) corren el riesgo de tomar un mal camino” porque muchas veces hay poca o ninguna supervisión, dijo. “Algunos terminan en la cárcel (uniéndose a pandillas) o muertos. Hay consecuencias, la desintegración de la familia trae muchas consecuencias malas”.

Algunos como Rivas quedan al cuidado de los abuelos u otro familiar cuando la madre o el padre se van.

“Teníamos el amor de nuestros abuelos, pero no es lo mismo que el de una madre”, acotó.

Otros, como Alvarenga, asumen la obligación de los padres.

“Me hizo madurar increíblemente rápido. Era prácticamente un niño llevando otro”, dijo Alvarenga.

Sin un padre en la casa, su hermana dependía de él para inscribirla en la escuela cada año, asistir a las reuniones de padres y maestros, cuidar a su abuela enferma, y administrar el dinero que su madre enviaba a casa.

“Siempre pase con miles de responsabilidades, pero Dios es tan grande, todo salió bien”, dijo Alvarenga, quien con el dinero que le envió su madre pudo asistir a la universidad, egresar de la carrera de trabajo social, guiando a su hermana para que le vaya bien en la escuela, también. Ella ahora está cerca de graduarse con un título en derecho.

“Mi madre llamaba todos los días, ‘¿Ya están en casa, ya llegaron? ¿Ya comieron?'”, preguntaba entre sus turnos de trabajo, reveló Alvarenga.

En las video llamadas, ella les mostraba como era su vida en Estados Unidos, incluyendo las pequeñas habitaciones que alquilaba en apartamentos subterráneos en el noreste que le permitían ahorrar dinero para enviar a casa, para la escuela, y para cuidar a la abuela.

Después de que Alvarenga se graduó de la universidad y eventualmente se convirtió en director de Cáritas en el norte de El Salvador, comenzó a ahorrar dinero para poder obtener una visa para venir a Estados Unidos a ver a su madre, a quien su estatus migratorio ilegal le impedía viajar.

Sin embargo, la visa le fue negada repetidamente.

Rivas dijo que ella también quería ver a su madre, pero sabía que probablemente los funcionarios estadounidenses en la embajada la rechazarían. Ella no iba a arriesgar su vida emigrando al norte ilegalmente, especialmente con niños que dependen de ella, dijo. Pero sus hermanos se fueron cuando eran adolescentes.

“Dijeron que querían recuperar el tiempo perdido” con su mamá, y un día, siguiendo a un “coyote” (un contrabandista), se fueron, dijo.

“Los niños que migran van siguiendo a un padre que ahora vive en Estados Unidos o tienen un padre que vivió en Estados Unidos en algún momento en el pasado”, expuso un artículo de 2015 de la Universidad de Vanderbilt.

El artículo estaba describiendo un informe de dos de sus académicos sobre cómo la reunificación familiar impulsa la migración infantil de América Latina, y agregó que “las políticas de inmigración de EE. UU. que restringen la capacidad de los padres para visitar el hogar son factores” que aumentan el movimiento de personas.

Para Alvarenga, el sacrificio de su madre lo disuadió de irse de su tierra; al contrario, lo llevó a estudiar más, a trabajar más, y a construir la vida que ella deseaba para él.

Su deseo de volver a ver a su madre fue concedido recientemente. La vio por primera vez en 17 años, luego de que finalmente le concedieran la visa para que pudiera asistir, como jefe de Cáritas, a una capacitación sobre doctrina social católica en Washington llamada Catholic Leaders Academy. Pero la emoción lo llevó a él ya su madre a tomar la decisión de posponer su reunión hasta que él terminara el curso.

Sin embargo, la visa era por un tiempo limitado y solo pudo pasar cinco días con ella.

Rivas dijo que ha pensado en irse como lo hicieron sus hermanos. Pero tiene hijos de los que preocuparse, así como un marido cuyo destino es incierto. Todo lo que realmente quiere es pasar un poco de tiempo con su madre y dijo que desearía que Estados Unidos se lo permitiera.

“He pasado la mitad de mi vida sin ella”, dijo. “Solo quiero hablar, abrazarla . . . hay cosas que no se pueden decir por teléfono”.

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