Programas ayudan a los latinos a vencer las adicciones de substancias

ROCHESTER — María de los Ángeles Viera era más conocida como María de la Clinton.

Eso es porque la nativa de Humacao, Puerto Rico, pasó los últimos años de su vida caminando por la Avenida Clinton Norte, buscado su próxima dosis de droga. Ella dormía en un rincón de una casa abandonada.

Viera era una adicta a la heroína cuya vida fue truncada trágicamente cuando murió a la edad de 53 años el 2 de septiembre cuando estaba siendo custodiada en la cárcel del Condado de Monroe después de haber sido arrestada por posesión de drogas. La oficina del Médico Forense del Condado de Monroe todavía no ha publicado los resultados de su autopsia, según su hija, Sandra Martínez-Viera.

Esos no son los recuerdos que conservará su hija, sin embargo. Ella se recuerda de una madre que era buena, cariñosa, y llena de vida. A Viera le gustaba ser el centro de atención de las fiestas, dijo Martínez-Viera. Pero ella también se vestía impecablemente, y mantenía en buen estado y limpios los apartamentos que ella alquilaba. Viera creía en Dios y cantaba como un ángel, dijo Martínez-Viera durante una entrevista reciente en su casa de la calle Brooklyn. Envuelta en una frazada blanca, ella lloraba mientras hablaba de su madre.

Cuando Viera se convirtió en adicta a las drogas y el alcohol, dijo su hija, nada pudo curarla. A pesar de eso, Martínez-Viera nunca dejó de buscar tratamientos para su madre — hasta la inscribió en programas de tratamiento en Búfalo y en Syracuse para sacarla de sus ambientes usuales. Después de esos intentos Viera abandonaba las drogas por un tiempo, pero nunca perseveró.

"Se estaba matando poco a poco", comentó Martínez-Viera. "La vi hacer eso durante su vida".

Hay imágenes y momentos de desespero que Martínez-Viera quisiera poder olvidar. Como la vez que su madre se llevó un cuchillo al cuello y le pidió a su pequeña hija que la curara. La vez que Martínez-Viera vendió un collar de oro para comprar drogas para su madre, a quien había encontrado tirada en un sofá en su apartamento y temblando violentamente y vomitando porque le faltaba la droga".

"Yo no quería hacerlo, pero lo hice porque era mi madre", dijo Martínez- Viera temblando al recordar".

Lillian Ayala conocía a Viera y se entristeció al enterarse que había tenido un fin tan trágico. Pero, como consejera, Ayala dice que ella cree que siempre hay esperanza para la gente que busca tratamiento en Esperanza Latina, que provee terapia individual y en grupo. Pero el cliente tiene que tener esa esperanza también, comentó ella.

"Tiene que haber un deseo. María nunca tuvo el deseo", dijo Ayala, una supervisora clínica. "Fue una tragedia tan grande".

El abuso de substancias, y especialmente el alcoholismo, no siempre se considera como una enfermedad grave por los latinos, especialmente porque la bebida tiene un papel tan prominente en las celebraciones latinas, dijo Ayala.

Según los resultados de una encuesta nacional publicada a principios de años por la Administración de Servicios de Salud Mental y Abuso de Substancias, el 55 por ciento de los adultos no hispanos de los EE.UU. toman alcohol y el 8 por ciento usa drogas, en comparación con el 46 y el 8 por ciento respectivamente de americanos hispanos. Pero las borracheras durante el plazo de un mes son más numerosas entre los hispanos que la norma nacional (La encuesta se puede consultar en www.oas.samhsa.gov/2k10/184/HispanicAdults.htm.)

"En nuestra cultura, escuchamos decir ‘Ese poco vergüenza" añadió Ayala. "Lo que hace más daño es cuando la familia no apoya".

Las mujeres latinas que se convierten en drogadictas confrontan más actitudes sociales negativas por su conducta, lo que hace más difícil buscar tratamiento para las mujeres.

"Más que nada, para las mujeres es un estigma… y tienen miedo de buscar ayuda", dijo Charol Ríoss, supervisora de programas latinos de los servicios de pacientes externos con el Programa Restart del Centro Católico para la Familia, que sirve actualmente a 75 clientes — la mayoría hombres — que son referidos por servicios sociales o legales.

Las latinas también confrontan un doble estándar porque es más aceptable culturalmente que los hombre tomen o hasta se emborrachen, dijo Luisa Baars, que ayudó a crear el programa Esperanza Latina cuando trabajaba en Health Association. El programa empezó en un antiguo edificio de la diócesis en la esquina de las avenidas Clinton Norte y Clifford en la década del 1990, y ahora opera bajo Huther-Doyle en el 325 de la Avenida Clinton Norte.

"Está bien que un hombre tome y haga estas cosas, pero nunca que lo haga una mujer", dijo ella. "Ese es nuestro problema principal".

Para muchas mujeres, la adicción es el resultado de un trauma, ya sea abuso físico, sexual, o mental, si se hayan en una situación de abuso doméstico, dijo Ríos, que es nativa de Puerto Rico.

Para los clientes cuyas adicciones provienen de problemas de salud mental, tanto Esperanza Latina como Restart, los refiere a programas tales como Lazos Fuertes dirigidos por el Centro Médico de la Universidad de Rochester, el Sistema de Salud Unity, el Hospital St. Mary o el Centro de Salud Mental de Rochester. Desafortunadamente, dijo Ayala, esos programas tienen pocos terapeutas que hablan español, lo que presenta otra barrera para el tratamiento.

A pesar de su naturaleza vivaz, Viera estaba llena de una tristeza que no podía dominar, lo que la llevó a un ciclo de adicción que no pudo romper, dijo Martínez-Viera.

"Era una batalla perdida, pero yo no lo sabía. No me daba cuenta", dijo Martínez-Viera. Ella nunca llegó al punto de poder decir: yo soy mejor que esto"".

Aunque Martínez-Viera nunca perdió la esperanza de que su madre pudiera cambiar, ella dijo que el resto de la familia se lavó las manos después que vieron que los tratamientos que tomaba no tenían éxito, una situación que el Padre Laurence Tracy dice que es común. Por eso es por lo que él celebró un servicio conmemorativo en exteriores por Viera, en la misma esquina donde había vivido.

"Yo hice el servicio …por su familia de la calle", dijo él. El único vicio es no tratar de obtener ayuda. Pero ella trató. La rehabilitación no tuvo éxito, lo que también es común. No hay una cura mágica.

Baars dijo que los sentimientos de culpabilidad y vergüenza que crean estos círculos viciosos también llevan al drogadicto a prescribirse medicinas a sí mismo y a la destrucción personal, como le pasó a Viera.

"Las mujeres latinas son el sostén de la casa", comentó Baars. "Mientras más se culpan a sí mismas (por su adicción) más acuden a las drogas y al alcohol para escapar de esos sentimientos. Y si necesitan ayuda, ¿quién está ahí para ayudarlas?"

NOTA DE LA REDACCIÓN: Para más informaciones sobre Esperanza Latina, favor de llamar al 585-325-7987. Para más informaciones sobre Restart’s Latino Substance Abuse Services, favor de llamar al 585-546-1271.

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